Tradiciones y costumbres alfareros

La ancestral tradición alfarera de Samborondón sobrevive de la mano de la familia Vargas. En este cantón, ubicado a 35 km de Guayaquil, funcionan los talleres de los hermanos Walter y Fernando, quienes aprendieron a moldear el barro de su padre, José Vargas


 Por la destreza e ingenio de sus alfareros, Samborondón posee una de las mejores alfarerías del Ecuador.
En sencillos talleres en Ciudad Samborondón, los alfareros moldean el barro con las manos para crear diversas piezas como vasijas, ollas, cazuelas y floreros. Ponen el barro sobre una tabla circular unida por un eje central a una rueda más pequeña que está cerca del suelo. Con los pies hace girar la rueda inferior y ésta a su vez mueve la rueda superior.
Sus manos plasmaba lo que su mente
En sencillos talleres en Ciudad Samborondón, los alfareros moldean el barro con las manos para crear diversas piezas como vasijas, ollas, cazuelas y floreros. Ponen el barro sobre una tabla circular unida por un eje central a una rueda más pequeña que está cerca del suelo. Con los pies hace girar la rueda inferior y ésta a su vez mueve la rueda superior.
Sus manos plasmaba lo que su mente crea. Esta actividad es parte activa de la producción económica del cantón 

En Samborondón funcionan otros talleres más. Edison Vera y Carlos Vaca, sus propietarios, aprendieron el oficio de los hermanos Vargas. “La tradición no se ha perdido gracias a ellos”, dice Javier Bajaña, promotor social del Municipio.

Según el libro ‘Samborondón: ayer y hoy’, de Carlos López, las labores de alfarería samborendeña se derivan de las primeras actividades de cerámica en el país. Relata que hasta hace 50 años, desde este lugar “se aprovisionó de objetos de barro a todos los pueblos de la cuenca del Guayas”.

El proceso de elaboración de los objetos no es fácil. Todo se inicia con la elección del barro, que es sacado de un “terreno virgen”, para luego transportarlo en sacos hasta un taller.

Allí, el lodo es desmenuzado y remojado para luego apisonarlo y amasarlo. Después se vuelve a remojar, se añade arena y queda listo para trabajarlo.

El taller de Walter, como el de otros alfareros, es un local sencillo, con paredes de ladrillo. Tiene cuatro tornos, dos con motores para trabajos pequeños y los otros a pedal, con los que elabora ollas grandes. Con él trabajan dos ayudantes.


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